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NOTA EDITORIAL
LA ESPERANZA ES DIOSA
Surgimos como un canto a la utopía, empeñados en demostrar que la
historia es un especie de currículum que suele regresar al punto donde
juega con Dios. Y todo porque somos verbo de un Museo de dioses
auténticos: manojo de maestras y maestros que a fuerza de derrotar olvidos
han construido un rostro de excelsa humanidad. Un Museo es un proyecto de
existencia, una identidad, un topos de demasiados sueños, una didaxia en
horizontalidad, donde “la maestra de la vida” – oh, historia generosa – se
lee hacia delante, y donde los dioses no dan sorpresas. Razón tenía Le
Corbussier cuando dijo que los “museos son buenas escuelas”, y más razón
tiene Remo Bodei cuando afirma que los museos “tienen un significado
pedagógico intrínsico”.
Desde hoy, con la apertura de nuestro Museo Pedagógico, todo es
esperanza: esperanza de afianzarlo como Centro de Investigaciones
histórico-pedagógicas, único en el país; esperanza de que nuestra revista
pueda prolongarse en sus afanes a medida que incentive la investigación y
recoja el fruto de ella para esparcirlo hacia diálogos de descubrimiento,
sin muros; esperanza de recoger historias que se creyeron pérdidas en
aldeas o aulas debajo de palos frondosos; esperanza de que la Universidad
sepa resguardar la identidad pedagógica de esta tierra fronteriza que no
huye de sus mitos. La universitas también es utopía. Aquí “la esperanza es
diosa”, como atinó a decir Eurípides. El verbo del docente es el mismo
Museo.
Surgimos de un debate y para el debate, como quien viene del río desde
hace cinco siglos. El Museo es un viaje, como el de URI cuando se
desprende de las montañas de Viriguaca, como el de CANIA cuando peregrina
en la quimera de los cafetales. Pero todo el Táchira cabe en URI-CANIA. El
Táchira es paideia.
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