URI-CANIA

EL ROSTRO DEL MUSEO PEDAGÓGICO.
Temistocles Salazar.
 
Creemos pertinente abrir y presentar en este primer número de URI-CANIA, la primera biografía pedagógica, de manera sucinta, dentro de un conjunto de ellas que ofrecemos publicar hasta conformar un sólido aporte para elaborar el Diccionario biográfico de los maestros tachirenses o “Historias de vida de educadores” como diría M. Klewitz.
 
El nombre que traemos a los lectores es el de Regina Mujica Acevedo de Velásquez, el rostro emblemático del Museo Pedagógico; eminente educadora tachirense de comienzos del siglo veinte, con 45 años continuos de magisterio a lo largo de la geografía del Táchira.
 
Nació en la Villa de San Cristóbal, ciudad capital del Estado Táchira, el 07 de septiembre de 1885 y murió en Caracas el 28 de abril de 1938. Hizo sus estudios en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, fundado en la capital tachirense por la educadora colombiana Doña Amalia de Vargas, y allí Regina recibió lecciones de profesores eminentes como Pedro María Morantes, José Abel Montilla, Teodosio Sánchez, entre otros. Luego su familia decide enviarla a continuar estudios en la isla de Curazao, donde completó su formación, especializándose en los idiomas Francés e Inglés, igualmente aprendió el arte musical, destacándose en la ejecución del piano. Vuelve al Táchira y se consagra a su apostolado pedagógico que la llevó incluso a elaborar dulces y conservas para luego venderlas y poder así autofinanciar su propia escuela.

Doña Regina fundó escuelas de primeras letras, creó y organizó la Escuela Normal, fundó el primer Kindergarten público en el Táchira, implantó los primeros cursos de instrucción nocturnos y gratuitos para los trabajadores tachirenses, intentó organizar el primer bachillerato femenino en la ciudad, realizó cruzadas alfabetizadoras en aldeas y pueblos de la región, editó y dirigió publicaciones de índole pedagógico, fundó la Escuela de Artes y Oficios “Antonia Esteller”, igualmente la Escuela de Comercio, fue Directora de la Escuela Nacional “Bustamante” (1912-1932) donde realizó su labor de mayor trascendencia histórico pedagógica, en medio del terror gomecista y desde allí encarnó un decidido propósito de reforma educativa regional y tuvo el coraje de empeñarse y luchar por incorporar a la mujer tachirense a la modernidad a pesar de la dictadura de Juan Vicente Gómez.
 
Doña Regina, fue cultora de ideas, con una concepción helveciana, optimista, de la educación (la educación todo lo puede) que le sirvió de escudo protector ante aquel pesimismo que generó la derrota política y militar del Táchira liberal. Doña Regina comulgó, además, con los principios de la llamada “Escuela Nueva” que elevó al niño al centro del universo pedagógico, y manejó con disciplina y soltura, los métodos funcionales activos, que aquella promulgaba. En tal sentido, propagó en el Táchira los proyectos educativos de Ellen Key, María Montessori, Froebel, Lucía Letter, Alain y se adelantó a Freinet en su programa de elaborar periódicos escolares donde los alumnos expresaban sus iniciativas y talentos. Fundó y dirigió la Revista “ALBA” desde 1930, “vocero estudiantil de las alumnas de la Escuela Graduada Federal Bustamante”, y más que una publicación de corte didáctico, sus páginas fueron un programa de lucha por enaltecer, siguiendo el ejemplo de Clara de Pisan, el papel y el perfil profesional, social político y cultural de la mujer tachirense que se abría espacio en aquella sociedad también marginada por el poder. Sin embargo, la modernidad, repito, no había muerto en el Táchira a pesar del terror gomecista. En esas páginas carbonarias de “ALBA”, donde sobresalía el talento periodístico y pedagógico de Doña Regina, expresado en editoriales y artículos llenos de evocaciones a veces míticas y proféticas, melancólicas, se recogían el acento de su pueblo ofendido por la ignorancia, el oscurantismo, el terror y la soledad, y solicitaba, angustiosamente, al Todopoderoso, sin miedo, viniese en ayuda de su Táchira en tragedia: Dios, “salva a los míos, salva a mi pueblo” era su advocación permanente. La lucha contra la pesadilla gomecista se revestía también de misticismo.
 
Creyó Doña Regina que no hay enseñanza sin poesía, la propia naturaleza del pensamiento infantil exige la creación poética. Aquellas páginas de ALBA eran una silenciosa poesía y Doña Regina, además de educadora, levantó allí su cabeza poética con esmero, pasión y línea. La educación todo lo puede. Por eso nunca faltaron en ese “vocero estudiantil” poesías de Gabriela Mistral, Juana de Ibarborou, Isaura (la gran poetisa tachirense nativa de La Grita) igualmente las de Miguel Otero Silva y la del incomparable bardo Giacomo Leopardi.
 
Doña Regina creyó profundamente en la palabra que despierta y libera, educa y reviva: “Hermosa es la palabra – escribió – Grande es la palabra, grande y fuerte, y su poder, como el de Dios, es. Como Dios ella impone un culto... Ella lo es todo... La idea es sinónimo de palabra. Por eso la transformación del pueblo es obra de la palabra... Los hombres de la palabra son los hombres de la idea”. Doña Regina fue soñadora de palabras en medio de aquel Táchira derrotado por la guerra, la palabra fue su refugio para no desmayar en aquella decadencia.
 
El rostro de Doña Regina es el de un ser que supo amar, esperar, sufrir, luchar y enseñar. Su rostro es el rostro del Museo Pedagógico.