EDITORIAL
Si
difícil fue editar el primero, más lo fue
este segundo número, pero no nos desesperamos
ni rendimos: es la búsqueda agonal de lo permanente,
vital en toda publicación periódica. Las
colaboraciones de los articulistas llegaron a tiempo
y excelentes, pero los recursos financieros escasearon
y tuvimos que recurrir a la paciencia e insistencia para
lograrlos, jamás al celestinaje ni al limosneo.
Esta publicación es obra de maestros de aula para
maestros de la vida, acostumbrados a luchar, esperar
y sobrevivir en medio de las tormentas de escasez y olvidos.
Este segundo número no está abrazado al
azar ni a la suerte, sino al tesón y a la angustia
y ello tiene más valor intrínseco porque
allí es donde se cuaja la ciencia que derrota
la culpa y la banalidad. Este segundo número significa
ajustar nuestra historia a la hora, repitiendo a Montaigne,
es hacer pie para que no se rinde la esperanza que anunciamos.
Este número contiene colaboraciones valiosas como
las del Arquitecto Reinaldo Mendoza Ostos, en torno a
la experiencia arquitectónica de los grupos escolares
en el Táchira de 1935 – 1958, la de la profesora
Yolanda Becerra Torres en relación a la educación
como proceso histórico – social, la del
profesor Temístocles Salazar dilucidando el por
qué Simón Rodríguez escogió por
nombre a Samuel Robinson, y por último, la pieza
oratoria del profesor Antonio Betancor, poema más
bien divino y angustioso sobre el quehacer pedagógico,
pronunciado cuando se le develó su rostro en la
galería del Museo Pedagógico de la Universidad
de Los Andes. Todo esto ofrecemos sin esperar más
recompensa que el respeto de nuestros lectores y el aliento
necesario para que no decaiga ni resbalen nuestros fines
y sueños de contribuir a comprender y descifrar
la historia pedagógica del Táchira: URI-CANIA
y el Museo lo merecen.
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