LA EDUCACIÓN COMO
PROCESO HISTÓRICO SOCIAL
Y SUS PERSPECTIVAS PARA EL NUEVO MILENIO
Prof. Yolanda Becerra Torres
El hombre que la educación debe plasmar dentro
de nosotros no es el hombre tal como la naturaleza
lo ha creado, sino tal como la sociedad quiere que
sea; y lo quiere tal como la requiere su economía
interna. (…) por tanto, dado que la escala de
valores cambia forzosamente con las sociedades, dicha
jerarquía no ha permanecido jamás igual
en los momentos diferentes de la historia. Ayer era
la valentía la que tuvo primacía, con
todas las facultades que implican las virtudes militares,
hoy en día es el pensamiento y la reflexión,
mañana tal vez el refinamiento del gusto y la
sensibilidad hacia las cosas del arte.
Emile Durkheim, finales del siglo XIX
1. La educación como proceso histórico – social
Educación es un término polisémico,
pues refiere un proceso relacionado íntimamente
con las características históricas y
sociales de los diversos contextos los cuales determinan
las condiciones que permiten definir el hombre, el
mundo y, por ende, la educación. Es decir, todo
el conjunto de definiciones constituyen una mirada
que se conjuga con los requerimientos sociales signados
por las características del momento, de la época
y del lugar. Por tanto, en la medida en que los hombres
y mujeres construyen su historia y enriquecen su cultura,
surgen nuevas condiciones y formas de vida, cuya apropiación
es necesaria, por los miembros de una sociedad, para
desenvolverse en un contexto particular y para adquirir
las herramientas que, a su vez, les permiten entender
otras culturas y maneras de vivir. De esta forma, si
lo ameritasen, pueden desenvolverse en otros contextos
sin mayores limitaciones. Se trata de crear las condiciones
para que los individuos se formen viviendo la unidad
en la diversidad y viceversa.
Etimológicamente el término educación
deriva del latín educare, formada por una palabra
más antigua educere. Esta última compuesta
por la partícula “ex” que significa
fuera y “ducere” que significa conducir.
Así puede darse una primera significación
del término: educación es: Conducir desde
afuera. Sin embargo, al revisar la literatura se encuentra
que “exducere” ha significado engendrar
y “educare” perfeccionar lo engendrado.
Ahora bien, a través de diversos autores la
educación ha sido definida como un proceso que
afecta al hombre como individuo y como ser social.
Al respecto, conviene volver a las ideas del gran maestro
venezolano Prieto Figueroa (1990) cuando expresa que
la educación es un problema humano que se ocupa
del hombre como individuo y como miembro de una comunidad
en la que participa, considerando siempre que ésta
no es igual en todos los tiempos ni en todos los lugares,
lo cual se justifica, en la diversidad humana, producto
no sólo de las características genéticas,
sino también por el aporte las colectividades
al medio en que viven y se desarrollan.
Botte (1991) por su parte expone que: “la educación
es un proceso dialéctico, por el cual un sujeto
en interacción con su medio desarrolla las capacidades
que le permiten la formación de una personalidad
autónoma e integrada activamente a la sociedad
y cultura en que vive” (p.217). En tal sentido,
se considera pertinente referir el enfoque de Flórez
(1994) quien asume la educación como un proceso
derivado de la herencia cultural, y como tal, su definición
y caracterización se ajustan a las particularidades
del momento. En atingencia a ello, señala tres
grandes épocas de la educación.
1. La primera referida a los inicios de la humanidad,
cuando el hombre desarrolla esquemas de pensamiento
primarios que le permiten pasar de perseguido y esclavo
de la naturaleza al persecutor y dominador de su medio
a objeto de asegurar su existencia. Cuando descubre
que al lanzar la piedra la fiera se espanta y huye,
en ese momento se crean las condiciones para producción
de un legado histórico. Al respecto expresa
el autor: “Probablemente a medida que los instrumentos
artificiales se perfeccionaban en su uso, fabricación,
llegó un cierto momento, en que el mecanismo
de memoria genética se volvió insuficiente,
incapaz de retener y trasmitir los hábitos laborales” (Flórez,
1994, p. 155). Surge de esta forma la educación
como un proceso trasmisor para el trabajo colectivo
a través de la imitación, quizá en
un primer momento, en el imperativo de “haz como
yo”. Pero en la medida en que se complejizaba
el proyecto civilizatorio, tuvo que crear nuevas formas
de memoria social a fin de permitir la estabilidad
y desarrollo de la población humana, caracterizando
y cualificando al hombre hasta convertirlo en autor
y protagonista de su propia historia (Flórez,
1994, p. 156). Es cuando se modera la agresividad y
surge la moral, pues, se necesita preservar las personas
depositarias del bagaje cultural, que generalmente
eran los viejos.
Ya no se trata de una simple acumulación de
información, sino que insertos en ese proceso
dominador de la naturaleza, emerge una dinámica
intelectiva de procesamiento, que permite transformar
esa información en un despliegue colectivo de
actividad intelectual, cuyo fin último probablemente
estuvo orientado a garantizar la pervivencia humana
a través de la mejora productiva comunitaria.
En ese proceso transmisionista y transformativo se
fueron complejizando las relaciones sociales y los
sistemas de organización social, dando paso,
a la segunda época educativa.
2. Este segundo momento educativo de la humanidad
coincide con la división social del trabajo
y surgen las élites minoritarias en el poder,
usufructuando el excedente económico producido
por la mayoría. Esta forma de organización
social se acompaña de una efusión ideológica
que contribuyó a mantener dicha estructura sin
fracturar la unidad de la población. Los portadores
de tal pensamiento eran miembros de la clase privilegiada
(sacerdotes y maestros) que promulgaban una cosmovisión
sustentadora de orden social. Es cuando aparece la
reflexión pedagógica y la preocupación
por el cómo educar. Flórez (1994) remonta
este hecho a los Vedas, VIII siglos antes de Cristo.
Es así como en esta época da cuenta de
una educación aristocrática dirigida
fundamentalmente a la orientación del carácter,
basada en el orden el universo de acuerdo a las creencias
de los chinos, Hindúes y Griegos. Primero, se
concretó a través de una tradición
oral, y posteriormente, en la cultura escrita, pues,
se estima que los símbolos tuvieron utilidad
para representar el habla luego de 500.000 años
de cultura oral (Bosco, 1995 en Adell, 1997). No obstante,
en este momento histórico considera Flórez
(1994) que la educación tendió a un empobrecimiento
al tornarse libresca, formalista. Tal enfoque devino
en un reemplazo del arte de vivir por el arte de manejar
vocablos, que poco aportaban en la solución
de los problemas que afectaban a la sociedad. Se promulgó durante
toda la edad media e inicios del capitalismo, es decir,
aproximadamente hasta el siglo XVII e inicios del XVIII,
cuando se anuncia el surgimiento de una nueva época.
3. La Revolución industrial y la Revolución
Francesa marcan un hito importante en la historia de
la humanidad. Las transformaciones emergidas se acompañan
de nuevos ideales que requieren otro tipo de educación.
Se urge de una educación para la producción
social material y espiritual, en un primer momento
sesgada por el modelo humanista, según el cual
el estudio era el medio para acercarse a las clases
aristocráticas y alejarse de las clases populares
desposeídas. Sin embargo, la nueva organización
política económica ameritó mano
de obra calificada para la producción colectiva
y a gran escala, polarizándose la educación
hacia la masa trabajadora. Aquí se pueden ubicar
los aportes de todo el movimiento de la Escuela Nueva,
y las contribuciones de pedagogos, entre otros, Dewey
(1859-1852) quien, en su obra Las escuelas de Mañana,
deja sentado su visión dañina sobre la
educación intelectualista y su postura a favor
de una educación que considere circunstancias
del momento. A tal efecto expresa:
Los métodos y operaciones industriales dependen
hoy del conocimiento de los hechos y las leyes de las
ciencias naturales y sociales, en un grupo mucho mayor
que antes lo fueron. Nuestros ferrocarriles y buques,
los tranvías, telégrafos y teléfonos,
fábricas y granjas de labor y hasta, nuestros
recursos domésticos ordinarios, dependen para
su existencia de intrincados conocimientos materiales,
físicos, químicos y biológicos
(Larroyo, 1980, p.629)
No obstante, la mejor expresión de esta educación
vinculada al mundo productivo lo constituye “la
escuela del trabajo” que surge bajo la doctrina
de Kerschensteiner (1854-1932) y que es conocida como
una escuela que vincula su actividad educadora a las
disposiciones individuales de sus alumnos, multiplicando
y desarrollando, hacia todos lados posibles, estas
inclinaciones e intereses, a través de una actividad
constante en los campos de trabajo. (Larroyo, 1980;
Prieto Figueroa, 1990).
En síntesis, en esta etapa, a la par del avance
científico –técnico, se da un rompimiento
del énfasis libresco, enciclopedista, para promover
una educción centrada en el aprender haciendo
en el trabajo. En sus inicios, la educación
se fundamenta en los ideales de la Revolución
Francesa: Libertad, igualdad y fraternidad, pero, al
ser orientada al campo productivo, el proceso devino,
entre otras cosas en:
• Una exacerbación del individualismo,
que a su vez ha generado una competencia malsana.
•
La instauración de cultura alienada al consumo
que desplazó los valores del ser por el tener.
•
El exacerbado deterioro ecológico.
Los aspectos antes referidos, en su conjunto, sumergen
actualmente a la sociedad en un salvajismo que subyuga
a más del 80% de la población mundial.
Estas son las razones que justifican hoy el planteamiento
de nuevos retos y perspectivas educativas que apuntan
sus aristas hacia el desarrollo humano más armonioso,
más genuino, que coadyuven a superar la pobreza,
la exclusión, las incomprensiones, las opresiones,
las guerras, las discriminaciones, etc. (Delors, 1998).
Estos retos serán abordados, posteriormente,
en este trabajo.
A partir de la anterior descripción histórica
de la educación, con una ubicación en
el momento actual, puede definirse la misma como un
proceso histórico social, de carácter
complejo, individual, integral, mediante el cual, los
hombres se transforman así mismos y a la sociedad,
en la relación intersubjetiva y dialéctica
con el medio, elevando sus niveles de intelección,
apropiándose de la cultura y configurando la
personalidad en todos sus aspectos, para adquirir las
herramientas que les permiten vivir con otros y emprender
cambios en su contexto, a través de la promoción
de actitudes creativas e innovadoras.
2. Características de la Educación como
proceso
Histórico Social.
De la precisión conceptual anterior se pueden
derivar algunas características de este proceso
a objeto de promocionar mayor diafanidad con respecto
al mismo, tales como:
•
Es un proceso histórico social, porque adquiere
forma en la diversidad cultural de tiempos y lugares
particulares, entre hombres y mujeres, jóvenes,
adolescentes, niños, niñas, ancianos,
etc.
•
Es un proceso complejo porque en él intervienen
aspectos diversos. personales (biológicos, psicológicos
y sociales, etc.), contextuales referidos a los distintos ámbitos
(académicos, culturales, económicos,
políticos, históricos, etc.).
•
Es un proceso individual, integral y social. Lo individual,
refiere los procesos de cambio en términos del
aprendizaje que elabora el sujeto en su interior, es
decir, implica una reestructuración mental que
es inherente a cada hombre; es integral, porque dicha
reestructuración afecta al individuo como un
todo, en todas sus dimensiones: psíquicas, biológica,
sociales. Es social, porque la ecuación se da
en un plano subjetivo. Si bien “nadie puede aprender
por mí, yo no aprendo sin los otros”.
Es en relación con sus semejantes que el ser
humano se apropia de la cultura y se puede convertir
en ciudadano crítico, reflexivo y transformador
de su propio contexto para beneficio colectivo. De
ahí el aporte de Freire (1974) cuando expresa
que la educación “es praxis, reflexión
y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo” (Martínez,
1996, p.79).
Lo anterior tiene de alguna manera mayor sustento
en las dos condiciones inherentes a la educción
como proceso humano: La educabilidad, referida a la
condición de hombre a ser educado, se trata
de “una condición inherente a la especie
humana y se manifiesta socialmente en los aspectos
esenciales para la vida en comunidad (lengua, hábitos,
costumbres, creencias, etc.)” (Ugas 1997, p.33).
A medida que el sujeto interactúa con el contexto
va cambiando sus estructuras mentales, las va complejizando,
construyendo un conocimiento que le permite discernir
entre lo que conviene y lo que debe desechar, es decir,
el comportamiento moral. En sí es la condición
que justifica la existencia de la educación
y del hombre como ser inacabado (Freire, 1988). Ahora,
la educabilidad, está referida a la capacidad
dialéctica del género humano, quien en
la medida que asimila, procesa y discrimina información,
influye en los demás, de ahí el carácter
social. La puede efectuar el maestro, pero también
la familia, los medios de comunicación, y la
sociedad en general. En otros términos, el hombre
y la mujer, a la vez que son educados, educan.
Lo expuesto hasta aquí ha permitido clarificar
una definición y las características
de este proceso tan complejo como es la educación,
en el que constantemente estamos inmersos y participamos,
pero del que a veces no tenemos una conceptualización
precisa. En aras de cumplir con este cometido, se considera
importante ahora enfatizar en las funciones que cumple.
3. Funciones de la Educación como proceso histórico
social.
La educación puede ser mirada desde diversas ópticas,
pero siempre estarán presente en esas visiones
algunas funciones esenciales como:
• La transmisión del legado cultural
que le permitirá al individuo apropiarse de
las herramientas necesarias para desenvolverse en un
contexto para vivir. Prieto Figueroa (1990) señala
además, que la transmisión cultural a
las nuevas generaciones tiene como objeto la pervivencia
de los pueblos, quienes se renuevan constantemente
a partir de los logros alcanzados por las generaciones
anteriores. Esta función está relacionada
con el principio de aprender a conocer y aprender a
ser, que a su vez implica un aprender para aprovechar
la gama de posibilidades que se presenten en el devenir
de su vida. Ello implica una ejercitación de
la atención, la memoria y el pensamiento; aptitudes
necesarias o imprescindibles para el mundo del trabajo
actual, que demanda competencias específicas,
pues además del dominio técnico, el individuo
debe tener unas condiciones que le permitan tener apertura
a los constantes cambios y por ende, una capacidad
constante de actuación y aprendizaje.
• Una segunda función es la socializadora
y transformadora, pues, la educación en el proceso
de transmisión asimila las generaciones jóvenes
y las faculta para la apropiación de sus hábitos,
costumbres, ideales, sentimientos, etc., como bienes
de las generaciones adultas. Sin embargo, esta función
puede ser asumida desde visiones reproductivas y conservadoras
del conocimiento y la experiencia hasta posturas críticas
y reconstructivas. Desde la función socializadora
la educación puede encaminarse a mantener estructuras
de poder y/o emprender procesos de cambio, de transformación.
Esta función se lleva a efecto en los diversos
espacios, entre ellos la escuela. Prieto Figueroa (1990)
señala que a través de la historia se
han dado cuatro visiones relacionadas con esta función
en las cuales se aprecian las tendencias conservadoras
y renovadoras: