URI-CANIA
REVISTA DE ESTUDIOS HISTÓRICO – PEDAGÓGICOS
San Cristóbal, Venezuela, Abril – Junio 2004. Año 2 N° 2.
EDICIONES MUSEO PEDAGÓGICO BIBLIOTECA DE LA ULA-TÁCHIRA
UNIVERSIDAD DE LOS ANDES - TÁCHIRA


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La educación como proceso histórico social...
Yolanda Becerra Torres
La experiencia arquitectónica de los grupos escolares en
el Táchira 1935 -1958

Reinaldo J. Mendoza O.
Autoridades
Principal
LA EDUCACIÓN COMO PROCESO HISTÓRICO SOCIAL
Y SUS PERSPECTIVAS PARA EL NUEVO MILENIO

Prof. Yolanda Becerra Torres

El hombre que la educación debe plasmar dentro de nosotros no es el hombre tal como la naturaleza lo ha creado, sino tal como la sociedad quiere que sea; y lo quiere tal como la requiere su economía interna. (…) por tanto, dado que la escala de valores cambia forzosamente con las sociedades, dicha jerarquía no ha permanecido jamás igual en los momentos diferentes de la historia. Ayer era la valentía la que tuvo primacía, con todas las facultades que implican las virtudes militares, hoy en día es el pensamiento y la reflexión, mañana tal vez el refinamiento del gusto y la sensibilidad hacia las cosas del arte.

Emile Durkheim, finales del siglo XIX

1. La educación como proceso histórico – social

Educación es un término polisémico, pues refiere un proceso relacionado íntimamente con las características históricas y sociales de los diversos contextos los cuales determinan las condiciones que permiten definir el hombre, el mundo y, por ende, la educación. Es decir, todo el conjunto de definiciones constituyen una mirada que se conjuga con los requerimientos sociales signados por las características del momento, de la época y del lugar. Por tanto, en la medida en que los hombres y mujeres construyen su historia y enriquecen su cultura, surgen nuevas condiciones y formas de vida, cuya apropiación es necesaria, por los miembros de una sociedad, para desenvolverse en un contexto particular y para adquirir las herramientas que, a su vez, les permiten entender otras culturas y maneras de vivir. De esta forma, si lo ameritasen, pueden desenvolverse en otros contextos sin mayores limitaciones. Se trata de crear las condiciones para que los individuos se formen viviendo la unidad en la diversidad y viceversa.
Etimológicamente el término educación deriva del latín educare, formada por una palabra más antigua educere. Esta última compuesta por la partícula “ex” que significa fuera y “ducere” que significa conducir. Así puede darse una primera significación del término: educación es: Conducir desde afuera. Sin embargo, al revisar la literatura se encuentra que “exducere” ha significado engendrar y “educare” perfeccionar lo engendrado.

Ahora bien, a través de diversos autores la educación ha sido definida como un proceso que afecta al hombre como individuo y como ser social. Al respecto, conviene volver a las ideas del gran maestro venezolano Prieto Figueroa (1990) cuando expresa que la educación es un problema humano que se ocupa del hombre como individuo y como miembro de una comunidad en la que participa, considerando siempre que ésta no es igual en todos los tiempos ni en todos los lugares, lo cual se justifica, en la diversidad humana, producto no sólo de las características genéticas, sino también por el aporte las colectividades al medio en que viven y se desarrollan.

Botte (1991) por su parte expone que: “la educación es un proceso dialéctico, por el cual un sujeto en interacción con su medio desarrolla las capacidades que le permiten la formación de una personalidad autónoma e integrada activamente a la sociedad y cultura en que vive” (p.217). En tal sentido, se considera pertinente referir el enfoque de Flórez (1994) quien asume la educación como un proceso derivado de la herencia cultural, y como tal, su definición y caracterización se ajustan a las particularidades del momento. En atingencia a ello, señala tres grandes épocas de la educación.

1. La primera referida a los inicios de la humanidad, cuando el hombre desarrolla esquemas de pensamiento primarios que le permiten pasar de perseguido y esclavo de la naturaleza al persecutor y dominador de su medio a objeto de asegurar su existencia. Cuando descubre que al lanzar la piedra la fiera se espanta y huye, en ese momento se crean las condiciones para producción de un legado histórico. Al respecto expresa el autor: “Probablemente a medida que los instrumentos artificiales se perfeccionaban en su uso, fabricación, llegó un cierto momento, en que el mecanismo de memoria genética se volvió insuficiente, incapaz de retener y trasmitir los hábitos laborales” (Flórez, 1994, p. 155). Surge de esta forma la educación como un proceso trasmisor para el trabajo colectivo a través de la imitación, quizá en un primer momento, en el imperativo de “haz como yo”. Pero en la medida en que se complejizaba el proyecto civilizatorio, tuvo que crear nuevas formas de memoria social a fin de permitir la estabilidad y desarrollo de la población humana, caracterizando y cualificando al hombre hasta convertirlo en autor y protagonista de su propia historia (Flórez, 1994, p. 156). Es cuando se modera la agresividad y surge la moral, pues, se necesita preservar las personas depositarias del bagaje cultural, que generalmente eran los viejos.

Ya no se trata de una simple acumulación de información, sino que insertos en ese proceso dominador de la naturaleza, emerge una dinámica intelectiva de procesamiento, que permite transformar esa información en un despliegue colectivo de actividad intelectual, cuyo fin último probablemente estuvo orientado a garantizar la pervivencia humana a través de la mejora productiva comunitaria. En ese proceso transmisionista y transformativo se fueron complejizando las relaciones sociales y los sistemas de organización social, dando paso, a la segunda época educativa.

2. Este segundo momento educativo de la humanidad coincide con la división social del trabajo y surgen las élites minoritarias en el poder, usufructuando el excedente económico producido por la mayoría. Esta forma de organización social se acompaña de una efusión ideológica que contribuyó a mantener dicha estructura sin fracturar la unidad de la población. Los portadores de tal pensamiento eran miembros de la clase privilegiada (sacerdotes y maestros) que promulgaban una cosmovisión sustentadora de orden social. Es cuando aparece la reflexión pedagógica y la preocupación por el cómo educar. Flórez (1994) remonta este hecho a los Vedas, VIII siglos antes de Cristo. Es así como en esta época da cuenta de una educación aristocrática dirigida fundamentalmente a la orientación del carácter, basada en el orden el universo de acuerdo a las creencias de los chinos, Hindúes y Griegos. Primero, se concretó a través de una tradición oral, y posteriormente, en la cultura escrita, pues, se estima que los símbolos tuvieron utilidad para representar el habla luego de 500.000 años de cultura oral (Bosco, 1995 en Adell, 1997). No obstante, en este momento histórico considera Flórez (1994) que la educación tendió a un empobrecimiento al tornarse libresca, formalista. Tal enfoque devino en un reemplazo del arte de vivir por el arte de manejar vocablos, que poco aportaban en la solución de los problemas que afectaban a la sociedad. Se promulgó durante toda la edad media e inicios del capitalismo, es decir, aproximadamente hasta el siglo XVII e inicios del XVIII, cuando se anuncia el surgimiento de una nueva época.

3. La Revolución industrial y la Revolución Francesa marcan un hito importante en la historia de la humanidad. Las transformaciones emergidas se acompañan de nuevos ideales que requieren otro tipo de educación. Se urge de una educación para la producción social material y espiritual, en un primer momento sesgada por el modelo humanista, según el cual el estudio era el medio para acercarse a las clases aristocráticas y alejarse de las clases populares desposeídas. Sin embargo, la nueva organización política económica ameritó mano de obra calificada para la producción colectiva y a gran escala, polarizándose la educación hacia la masa trabajadora. Aquí se pueden ubicar los aportes de todo el movimiento de la Escuela Nueva, y las contribuciones de pedagogos, entre otros, Dewey (1859-1852) quien, en su obra Las escuelas de Mañana, deja sentado su visión dañina sobre la educación intelectualista y su postura a favor de una educación que considere circunstancias del momento. A tal efecto expresa:

Los métodos y operaciones industriales dependen hoy del conocimiento de los hechos y las leyes de las ciencias naturales y sociales, en un grupo mucho mayor que antes lo fueron. Nuestros ferrocarriles y buques, los tranvías, telégrafos y teléfonos, fábricas y granjas de labor y hasta, nuestros recursos domésticos ordinarios, dependen para su existencia de intrincados conocimientos materiales, físicos, químicos y biológicos (Larroyo, 1980, p.629)

No obstante, la mejor expresión de esta educación vinculada al mundo productivo lo constituye “la escuela del trabajo” que surge bajo la doctrina de Kerschensteiner (1854-1932) y que es conocida como una escuela que vincula su actividad educadora a las disposiciones individuales de sus alumnos, multiplicando y desarrollando, hacia todos lados posibles, estas inclinaciones e intereses, a través de una actividad constante en los campos de trabajo. (Larroyo, 1980; Prieto Figueroa, 1990).

En síntesis, en esta etapa, a la par del avance científico –técnico, se da un rompimiento del énfasis libresco, enciclopedista, para promover una educción centrada en el aprender haciendo en el trabajo. En sus inicios, la educación se fundamenta en los ideales de la Revolución Francesa: Libertad, igualdad y fraternidad, pero, al ser orientada al campo productivo, el proceso devino, entre otras cosas en:

• Una exacerbación del individualismo, que a su vez ha generado una competencia malsana.
• La instauración de cultura alienada al consumo que desplazó los valores del ser por el tener.
• El exacerbado deterioro ecológico.

Los aspectos antes referidos, en su conjunto, sumergen actualmente a la sociedad en un salvajismo que subyuga a más del 80% de la población mundial. Estas son las razones que justifican hoy el planteamiento de nuevos retos y perspectivas educativas que apuntan sus aristas hacia el desarrollo humano más armonioso, más genuino, que coadyuven a superar la pobreza, la exclusión, las incomprensiones, las opresiones, las guerras, las discriminaciones, etc. (Delors, 1998). Estos retos serán abordados, posteriormente, en este trabajo.

A partir de la anterior descripción histórica de la educación, con una ubicación en el momento actual, puede definirse la misma como un proceso histórico social, de carácter complejo, individual, integral, mediante el cual, los hombres se transforman así mismos y a la sociedad, en la relación intersubjetiva y dialéctica con el medio, elevando sus niveles de intelección, apropiándose de la cultura y configurando la personalidad en todos sus aspectos, para adquirir las herramientas que les permiten vivir con otros y emprender cambios en su contexto, a través de la promoción de actitudes creativas e innovadoras.

2. Características de la Educación como proceso
Histórico Social.

De la precisión conceptual anterior se pueden derivar algunas características de este proceso a objeto de promocionar mayor diafanidad con respecto al mismo, tales como:
• Es un proceso histórico social, porque adquiere forma en la diversidad cultural de tiempos y lugares particulares, entre hombres y mujeres, jóvenes, adolescentes, niños, niñas, ancianos, etc.
• Es un proceso complejo porque en él intervienen aspectos diversos. personales (biológicos, psicológicos y sociales, etc.), contextuales referidos a los distintos ámbitos (académicos, culturales, económicos, políticos, históricos, etc.).
• Es un proceso individual, integral y social. Lo individual, refiere los procesos de cambio en términos del aprendizaje que elabora el sujeto en su interior, es decir, implica una reestructuración mental que es inherente a cada hombre; es integral, porque dicha reestructuración afecta al individuo como un todo, en todas sus dimensiones: psíquicas, biológica, sociales. Es social, porque la ecuación se da en un plano subjetivo. Si bien “nadie puede aprender por mí, yo no aprendo sin los otros”. Es en relación con sus semejantes que el ser humano se apropia de la cultura y se puede convertir en ciudadano crítico, reflexivo y transformador de su propio contexto para beneficio colectivo. De ahí el aporte de Freire (1974) cuando expresa que la educación “es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo” (Martínez, 1996, p.79).

Lo anterior tiene de alguna manera mayor sustento en las dos condiciones inherentes a la educción como proceso humano: La educabilidad, referida a la condición de hombre a ser educado, se trata de “una condición inherente a la especie humana y se manifiesta socialmente en los aspectos esenciales para la vida en comunidad (lengua, hábitos, costumbres, creencias, etc.)” (Ugas 1997, p.33). A medida que el sujeto interactúa con el contexto va cambiando sus estructuras mentales, las va complejizando, construyendo un conocimiento que le permite discernir entre lo que conviene y lo que debe desechar, es decir, el comportamiento moral. En sí es la condición que justifica la existencia de la educación y del hombre como ser inacabado (Freire, 1988). Ahora, la educabilidad, está referida a la capacidad dialéctica del género humano, quien en la medida que asimila, procesa y discrimina información, influye en los demás, de ahí el carácter social. La puede efectuar el maestro, pero también la familia, los medios de comunicación, y la sociedad en general. En otros términos, el hombre y la mujer, a la vez que son educados, educan.

Lo expuesto hasta aquí ha permitido clarificar una definición y las características de este proceso tan complejo como es la educación, en el que constantemente estamos inmersos y participamos, pero del que a veces no tenemos una conceptualización precisa. En aras de cumplir con este cometido, se considera importante ahora enfatizar en las funciones que cumple.

3. Funciones de la Educación como proceso histórico
social.

La educación puede ser mirada desde diversas ópticas, pero siempre estarán presente en esas visiones algunas funciones esenciales como:

• La transmisión del legado cultural que le permitirá al individuo apropiarse de las herramientas necesarias para desenvolverse en un contexto para vivir. Prieto Figueroa (1990) señala además, que la transmisión cultural a las nuevas generaciones tiene como objeto la pervivencia de los pueblos, quienes se renuevan constantemente a partir de los logros alcanzados por las generaciones anteriores. Esta función está relacionada con el principio de aprender a conocer y aprender a ser, que a su vez implica un aprender para aprovechar la gama de posibilidades que se presenten en el devenir de su vida. Ello implica una ejercitación de la atención, la memoria y el pensamiento; aptitudes necesarias o imprescindibles para el mundo del trabajo actual, que demanda competencias específicas, pues además del dominio técnico, el individuo debe tener unas condiciones que le permitan tener apertura a los constantes cambios y por ende, una capacidad constante de actuación y aprendizaje.

• Una segunda función es la socializadora y transformadora, pues, la educación en el proceso de transmisión asimila las generaciones jóvenes y las faculta para la apropiación de sus hábitos, costumbres, ideales, sentimientos, etc., como bienes de las generaciones adultas. Sin embargo, esta función puede ser asumida desde visiones reproductivas y conservadoras del conocimiento y la experiencia hasta posturas críticas y reconstructivas. Desde la función socializadora la educación puede encaminarse a mantener estructuras de poder y/o emprender procesos de cambio, de transformación. Esta función se lleva a efecto en los diversos espacios, entre ellos la escuela. Prieto Figueroa (1990) señala que a través de la historia se han dado cuatro visiones relacionadas con esta función en las cuales se aprecian las tendencias conservadoras y renovadoras:

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