SEREMOS MAESTROS
Palabras pronunciadas por el Prof. Antonio Betancor
el 21 de Mayo de 2004 en el Museo Pedagógico “Temistocles
Salazar” de la ULA - TÁCHIRA
Hace 74 años con motivo del Centenario de
la muerte del Libertador, los estudiantes de la Universidad
de Los Andes, recolectaron locha a locha y centavo
a centavo el dinero necesario para erigir una columna
de mármol que remataron, no con una estatua
o un busto del Padre de la Patria, sino con un libro
abierto a los cóndores y águilas de
nuestras montañas nevadas y a la pasión
libertaria de los hombres de América.
Y hace 30 años, un grupo de profesores y
alumnos luchando contra la adversidad, sin más
armas que la pluma y la conciencia escribieron en
ese libro de la historia la odisea de transformar
una Escuela de Educación moribunda, (sin capacidad
de decisión y acosada por intereses bastardos
para ayudarla a bien morir) en este Núcleo
maravilloso que no solo es el símbolo de la
Educación permanente sino la forja estimulante
que muchas veces, desde la soledad y el silencio
levanta almas aguerridas en la lucha por la redención
de la Patria. Yo fui uno de aquellos estudiantes
que estuvo en aquél tránsito de la
oscuridad a la luz, de la némesis de la sumisión
a la anámnesis de la libertad.
Por eso querida U.L.A. nunca olvidaré que
tu me enseñaste siendo un humilde obrero a
creer en lo sublime, que me enseñaste a enfrentar
las dificultades a través del conocimiento,
que me enseñaste a arrancar del corazón
la desesperanza ante las frustraciones de la vida,
que marcaste mi conciencia con el dolor de un pueblo
que no se resigna a vegetar sino que quiere ser grande
y libre, y que yo como maestro puedo ser el instrumento
de su libertad.
Esa fue la razón por la que no desesperé cuando
en mi primer trabajo como Orientador en un viejo
galpón de San Rafael del Piñal, mi
oficina fue un rincón sin más mobiliario
que una mesa a la que le faltaba una pata, dos gaveras
de cerveza que encaramadas, una encima de otra, me
servían de asiento y una caja de cartón
como archivo para guardar los expedientes que elaboraba
sobre los niños del pueblo, que iban parejos
con el hambre orgánica que los minaba con
múltiples dolencias y el hambre del saber
que elevaba sus espíritus para sepultar la
incultura que los clavaba como estacas al mojón
familiar o como yunteros al surco del latifundio.
Nada me arredró y junto a la comunidad educativa
y local en pie de lucha, logramos vencer a aquellos
demonios trágicos, transmutando a aquél
antro de Plutón donde todo faltaba (desde
la tiza, los libros, el pizarrón y hasta los
sanitarios) pues solo habían dos para 200
alumnos y 15 profesores, en ese Edificio moderno
que es el Liceo Francisco Tamayo, gracias a un hombre
bueno y generoso, Don Renato Laporta amo de aquellas
tierras, pero con visión de futuro, que puso
todo su empeño para arrancarle al Estado la
consecución de esa obra. Por nuestra parte
conseguimos que nos incluyeran en un programa de
meriendas escolares para zonas fronterizas e indígenas
que consistía en dar a cada alumno real y
medio para que compraran un vaso de leche y un pastel,
pero que nosotros transformamos en un almuerzo para
cien alumnos, teniendo como local un tarantín
que ellos mismos construyeron al aire libre, y así matar
el hambre crónica que los doblaba de vértigos
sobre los pupitres. Pero lo más hermoso era
el espíritu solidario de aquellos adolescentes
con la comunidad, como por ejemplo, los sábados
cerca de la época de lluvias, limpiaban las
quebradas para evitar inundaciones en la ciudad o
hacían labores de mantenimiento en plazas
y centros de recreación o como después
que recibí un entrenamiento por el médico
del dispensario hacían medicina preventiva
en las aldeas aledañas donde jamás
llegaba la acción gubernamental… Y es
que para salir de las sombras de las cavernas polifémicas
como diría mi padrino Temístocles Salazar,
es necesario humanizar al hombre e involucrarlo en
la lucha social.