INGENUIDAD (*)
MARÍA ABIGAIL PARRA
Maestra Jubilada
La educación es la parte principal en la vida espiritual
del hombre. El ser humano tiene como norte el saber que es utilizado
para la formación de su bondad, de su palabra, de su felicidad.
Los maestros, los verdaderos maestros, tienen como brújula
el amor por el niño que es el amor por todos; llevan dentro
de sí el propósito y responsabilidad de enseñar
a sus educandos la formación moral que es el principio
donde el ser humano encuentra fuerza para ser feliz.
¡Que bello! Es sentirse maestro jubilado, sentir la admiración
de sus ex-alumnos, compañeros, representantes y personal
directivo y obrero del plantel, sagrado templo, donde prestamos
servicios.
¡
Que bello! Es recibir un saludo, un abrazo de gratitud o un homenaje
bien merecido.
Yo, como educadora jubilada, me siento bien por el trabajo que
realicé durante treinta y cuatro años, llenos de
alegrías, de tristezas también, pero siempre con
la consigna de seguir cumpliendo con el deber de enseñar,
ante mi Dios, mi Patria, mis superiores y mi familia.
Por medio de este corto escrito, pido por favor, a los educadores,
trabajar, por amor, a la formación de esos seres que están
a su alcance, sobre todo los más necesitados, los más
pobres; luchar por el buen funcionamiento de los planteles, que
sientan que esas edificaciones necesitan de la mano dócil
y fuerte para su conservación en cada aula, en cada área,
cualquiera que sea, pues, cuando la mano amorosa se posa sobre
la cabeza de un niño, se hace sentir que el amor corre
por las venas para desparramarse y crecer en la capacidad para
ser feliz, y es allí donde se compacta la responsabilidad
en todo lo que nos rodea.
Visitar un plantel bien conservado, da alegría y se ve
que tanto el maestro como la comunidad han luchado para darle
vida al templo del saber y la bondad. Pero qué triste
es ver un plantel en mal estado, es ver que el amor al niño
se ha ido. El recuerdo llega a mi mente, haciéndome sentir
con la conciencia tranquila, ya que el día que entregué mi
escuela, en la cual veintitrés años fueron de tener
un plantel tal o mejor de cómo lo recibí, lo hice
con la dicha del educador que tiene respeto y misericordia hacia
la conciencia del niño. La disciplina y el amor fueron
mi estandarte.
Para todos mi gratitud, mi respeto, mi afecto y mi gran amor.
Dios los bendiga y la felicidad reine por siempre en vuestros
corazones. Lo ingenuo de mi parte no es falsa modestia, sino
la representación de nuestra infancia perdida que vuelve
como la perfección del ideal del ser humano que ha encontrado
en la educación su capacidad de ser feliz. Gracias.
(*)Nota editorial:
Estas notas son escritas por la Maestra María Abigail
Parra. Ingenuidad no puede confundirse con la franca simplicidad
que no disimula por no comprender lo que es el arte de vivir.
Ingenuidad es originaria sinceridad natural. María Abigail
no finge cuando expone su corazón a la emoción
de decir lo que siente y piensa sobre la educación.
Nuestra Revista quiere recoger esa emoción, como la de
todos los maestros jubilados, rostros–profetas, que tienen
mucho que enseñarnos todavía con su palabra y ejemplo.